Un destino errante

Hace ya dos años que abracé a mi madre y salí de viaje en bicicleta. Quería andar por nuestra América; sentir, saber, probar qué tan ‘nuestra’ era. Con el mate compañero, me hice a la vida errante y ahora llevo sus marcas en mi piel.

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La gorra sonrió

Viajamos trabajando y somos legión. Con la certeza de que no hace falta ser rico para viajar, creamos nuestro trabajo y salimos a andar. Hay artesanos, malabaristas, músicos y una variedad de nómadas que nos ganamos la vida en la calle. Hoy cuento de nuestro canto.

– Gracias por esos aplausos rabiosos…

Sol termina de cantar “Lágrimas negras” y provoca al público silencioso. Llegan aplausos y yo tomo la palabra para presentarnos. Mientras la gente almuerza en el restaurante, les contaré que venimos desde el sur, pedaleando el camino y compartiendo músicas para seguir andando. Sigue leyendo

Vuelvo al Sur

Preguntan todo el tiempo: de dónde soy, de dónde vengo. Justo a mí, que hace rato le digo adiós al aquí, así de inquieto. Sé y no sé de donde soy; vuelvo al sur como un destino del corazón.

Estamos en el centro de Santa Marta, la ciudad más antigua -¿y calurosa?- del Caribe colombiano. En el restaurante donde almorzaremos, Nicolás picardea con la cocinera y acaba por pedirle un plato de albóndigas. Comemos rumiando preguntas: por qué los árboles crecen tan abiertos, si será posible perdonar de verdad y acabamos otra vez volviendo al origen:

¿De dónde es uno: del lugar donde nació, de donde uno creció o de donde es su madre? Sigue leyendo

Visitación

(Dedicado a la sonrisa de mi tío abuelo, el cuentahistorias flaco y alto que cerró sus ojos claros e inocentes el domingo 10 de enero: Visitación Leopoldo Delgado Matonte, el “Guadaña”. Salú)

 

Es enero y en el Caribe recibo aquel abrazo. Nado en los nudos del nido y me alegra contarlo: mi mamá, mi papá y mi hermano se vinieron hasta Colombia.

Cartagena de Indias está tomada. Una masa de gente satura las callecitas coloniales del centro histórico, suda y bebe tragos en la península de Bocagrande y deambula bajo las estrellas en el glamour plebeyo de Getsemaní.

A las 6:30 de la mañana siguiente solo queda una resaca de multitud. Bajo una gorra roja que reza CANTINERO, dos ojos se desvían en direcciones opuestas. Sol y yo esperamos el agua para el mate, tomando el fresco en el cordón de la vereda, cuando pasa un hombre y el CANTINERO lo bardea como pitonisa:

– Tú no sabes ni si tú eres tú mismo.

Enseguida aparece mamá en el umbral: mate en mano, termo bajo el brazo, el bolso atravesado y su sonrisa tan vigente. Caminamos por las calles coloniales cuando el calor todavía es sabroso, y bajo los balcones floridos disfrutamos paseando el tiempo. Otras veces lo correremos, tratando de atrapar un poquito para extrañarnos menos, pero ahora el tiempo nos pasea. Sigue leyendo

Dulce Hogar

Imaginá una casa. Rodeada de frutales y sembrada de bicicletas. Habitada por cientos de viajeros, pintada con colores vivos y mensajes inspiradores. Imaginá la Casa de Ciclistas de Medellín, un ejemplo de hospitalidad y buena vida.

Las puertas están abiertas de par en par. Miro hacia afuera y veo algunos banderines: EE.UU., Rusia, Uruguay, Irlanda y Honduras. Encima de la puerta hay nueve bicicletas en miniatura: un triciclo, una repartidora, una rutera y una bicicletita urbana que sorprende por su realismo diminuto.

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Intento seguirte contando cómo es este lugar, pero no sé por dónde empezar. Entonces busco en internet y encuentro un video: “A Puro Pedal – La casa de ciclistas de Medellín”. Pongo play y aparece una muchacha con remera amarilla y una bicicleta atrás, preparadas para viajar. Con su acento cordobés, ella lo explica así: Sigue leyendo