Sucar al Perro

Vengo de la pampa. La escuela uruguaya me enseñó a decir penillanura y pedaleando en Durazno aprendí a sufrir la subida de Penza, una cuesta de solo doscientos metros. Vengo en bicicleta desde la pampa, así que imaginate lo que es para mí rodar por la sierra: pedalear sus cuestas interminables y bajar en ráfagas por las rutas de los Andes.

Pampa de Oláen, en Valle Hermoso, provincia de Córdoba, Argentina. Foto de Roberto Fiadone, tomada de Wikimedia Commons. Licencia CC-BY-SA https://commons.wikimedia.org/wiki/File%3AValle_Hermoso_Pampa_de_Olaen.jpgLa semana pasada, por ejemplo, salí a pedalear y me envolvieron las nubes, me llovió encima un buen rato, crucé pueblitos de adobe y tejas y saludé a señoras de pollera y sombrero. Cuando el viento despejó el panorama los colores de la montaña me dejaron boquiabierto; cuando la subida amenazó con subir más todavía, me bajé de la bici y empujé hacia arriba, cuando el último pliegue del camino anunció bajada, me dejé llevar por este placer insensato.

Hace un rato que pedaleo por los Andes. Cuando preparaba este viaje varios me preguntaban cómo haría para cruzar la cordillera, con una inocencia típica de nuestra imaginación pampeana. Es que uno no cruza simplemente los Andes: no se sube una cuesta durísima para luego bajarla sin interrupciones y con frío; no es así, las montañas de la cordillera son mucho más imprevisibles, llenas de sorpresas, pliegues constantes, subidas en medio de la bajada, bajadas en medio de la subida.

La semana pasada, por ejemplo. Tras dos meses de placeres urbanos en Cuenca -esta bella ciudad en la sierra sur del Ecuador- salí a viajar con la bici. Más que un viaje, era un paseo: tenía solo dos días y me fui con la carpa, la mochila y poca carga a recorrer los alrededores.

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Paseo

Ya pican. Como hormigas son estas ganas de salir. Volver a ser nómade, dejar la ciudad de los ríos y las tejas, del teatro y los ojos brillantes. Me despido de Cuenca con ganas de campo, de pájaros y ríos, aunque sé que la pasión por el teatro me hará volver pronto a otra ciudad.

El pasaje hasta Gualaceo cuesta 80 centavos de dólar. El bus nos lleva por rutas serranas mientras dos jóvenes costeños mira dos jóvenes pobres dos jóvenes mira negros ofrecen cocadas -una especie de ticholos de coco-, mira.

Es domingo y Gualaceo se mueve. Podríamos usar la imagen de las hormigas pero no, la gente es más colorida y azarosa, vive la alegría de un domingo soleado, no va en fila. En el centro, el Mercado 25 de julio hierve: el humo de los pollos y cuyes asados te recibe y adentro encontrás ceviches, encebollados, chanchos horneados, almuerzos de sopa y segundo, tortillas de maíz, choclo y trigo, mote y fritadas. Hay para elegir. Sigue leyendo

Ida y vuelta

Las flores dando vueltas en la cabeza, cierro la puerta y siento una música algo psicodélica llegando desde la obra. Los de la constru, sin cascos ni las básicas, hacen sonar una radio con música entre andina y tailandesa, licuada con sabores electrónicos.

La bici está ahí, bajo la ventana. Bajo la escalera y salgo a la calle. Cuenca es una ciudad colonial: el empedrado ahí está. Tembleque continuo, el adoquín será lindo para la postal o bajo los neumáticos motorizados pero en la bicicleta frena y sacude, prefiero lisito.

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andando

es inédito, estoy poniendo fotos que saqué hace un rato. ayer, anteayer, traspasado como viejas.

ah sí, me decidí a usar la cámara que tengo; que en general funciona pero no tiene pantalla ni visor, entonces andá a calcularle.

de entre un mar de borrosas, vienen estas: instantáneas de huellas frescas por la sierra al sur de Ecuador.

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