Lo nuestro es pasar

Pasar, pasar, pasar, pasar. Es lo nuestro, canta Serrat y escribe Antonio Machado, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar.

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Hay un placer en andar, en sentir que uno se suma al fluir de la vida y que todo pasa, se mueve y nada queda igual. Supongo que es por eso que me alegra, que me despeja tanto viajar y ver pasar el mundo sobre mi bicicleta. Pero hay algo en mí –demasiado humano– que quiere quedarse, contener el abrazo, aferrar una certeza y guardar la apariencia de que no todo se esfuma.

Pasaron más de dos años y acá estoy, de vuelta en la Argentina. Mi memoria –aquel instinto que busca parecidos– se regocija: vuelvo a ver a tantos tomando mate, riendo fuerte y comiendo asados, hablando sin censura y quejándose, cuestionándolo todo y quejándose de vuelta, por si acaso.

Sin embargo, todo pasa; acá el ambiente es otro. Celeste y blanco sí, pero un poco descolorido. Andando en bici por las rutas de Misiones y Corrientes encontramos carteles desteñidos: “La Nación Crece” decía el discurso kirchnerista. Hoy, con Macri al frente y bajo clima de recesión, los que crecen son el desempleo, los precios y el desencanto.

Entramos a un supermercado, recorremos las góndolas y nos quedamos de cara. Todo vale más que hace dos años: el doble, el triple, siempre mucho más. La tele –nunca inocente, siempre partidaria– muestra a la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner enfrentando juicios por corrupción, a su hija y a varios políticos peronistas forrados en dólares de dudosa proveniencia. Son figuritas repetidas de nuestra América encantada: grandes líderes con proyectos rimbombantes, esperanzas de progreso tan reales como plagadas de decepción y farsa. ¿Cuánto cambió?

Entretanto nuestras bicis ruedan y la ruta insiste en traer recuerdos, en producir parecidos. Los altares que la religión del pueblo erige en honor al Gauchito Gil –santo de los andantes, de banderas rojas, pañuelo y bigote– me devuelven la sorpresa de mis primeras rutas, compartidas con Leo. Argentina se vuelve una lección de que todo pasa y todo queda.

Cerca del punto final cuento que de ahora en adelante me faltará un plural. Hace un tiempo que escribo de nosotros dos, pero hoy se abren nuestros caminos. A poco tiempo de terminar este viaje me despido de Sol, esa mujer fuerte y cariñosa que conocí en Quito y aprendí a amar en el camino.

Cada uno vuelve a casa, al abrazo de la familia y los amigos, al encuentro de nuestro lugar y nuestra gente, a mil quinientos kilómetros de distancia. Es difícil dejar aquella ilusión romántica y aceptar que los senderos se bifurcan. Más cuando hemos viajado juntos –y tan cerca– durante un año entero. A nosotros, que nos conocimos viajando, nos falta y nos cuesta esa distancia.

Hoy ella vuelve a Mendoza y mañana yo sigo hacia Uruguay. Todo pasa, y todo queda: aquella risa sin vergüenza, su mirada amplia iluminando la vida, la valentía de decir todo lo que hace falta.

Me llevo un brindis y un mareo rico sobre el pasto, cerca de la vía del tren. Lágrimas y abrazos, el corcho que se hunde y los dos salpicados y a las risas. Me llevo toda esa vida que compartimos y suelto tu mano, que tengas un buen viaje.

En la caja

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3 pensamientos en “Lo nuestro es pasar

  1. Que lindo es leer esto! Fue un enorme placer conocerlos. Un abrazo cargado de buena energía. Espero leer pronto el post del “re-encuentro”

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