Tres camioneros

Nos ayudaron a llegar. Viajamos durante siete días en tres camiones, desde el norte hacia el sur de Brasil. Aún falta un buen trecho pero ya volvimos a sentir el frío del invierno, sabiendo que estamos más cerca del calor de casa.

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Foto de Melina Resende, Proyecto Na Estrada.

Ricardo dio el primer sí. Nos miraba sin pudor –espiándonos tras sus lentes azules y redondos– hasta que me acerqué para hablarle. Le conté que me llamo Ernesto, que vengo desde Uruguay en bicicleta, que mi enamorada se llama Sol y viene de Argentina y que ahora estamos procurando carona para voltar mais rápido a casa.

Dijo “sí” –cortito, agudo e inocente– como si dividiese sus sesenta años entre siete al hablar. Ricardo esperaba carga para seguir viaje y aquella noche colgamos nuestras hamacas en su camión para dormir tranquilos.

Nos despertamos sin reloj y salimos a eso de las ocho de la mañana. Supimos que es bahiano pero vive en São Paulo, que maneja camiones hace treinta años y en diciembre se jubila, que llevó cargas para Argentina hasta que lo desvalijaron y se quedó sin nada.


Ricardo nos llevó desde São Luis hasta Belém y nos dejó en la entrada de la ciudad. Dijo que cargaría su camión aquella tarde y al día siguiente nos pasaría a buscar para seguir viaje juntos hacia São Paulo.

Entonces Sol y yo dejamos las bicicletas en un cuarto de hotel y nos fuimos a trabajar, cantando en los buses para juntar plata. Pero Ricardo no salió al día siguiente, ni al otro tampoco. Una semana después supimos que la recesión económica está cargando pocos camiones y que Ricardo seguía esperando carga en Belém. Nosotros ya habíamos usado la plata de la gorra para tomar un bus y adelantar aunque fuera un poco.

***

El secreto está en esperar. Íbamos para nuestra segunda noche en aquel posto de camioneros cuando Márcio me hizo señas. La mañana anterior le habíamos hablado, mientras él tomaba chimarrão –aquel mate grande y tan verde de los brasileros– a la sombra de su Volvo blanco. Obedecí las señas y me acerqué: Márcio estaba saliendo hacia Goiânia esa misma noche y se ofrecía a llevarnos. ¡Casi 1.400 kilómetros!

Dejamos las sandalias en su lugar y entramos: el camión era un lujo. Por encima de los asientos mullidos caían tres cortinas rojas y onduladas, como telones de un teatro. Además de la cama, infaltable en los camiones de Brasil, la cabina tenía una ventana en el techo –“para ver las estrellas”– y un panel modernísimo lleno de luces y botones. Aquello era una nave.

El piloto, sin embargo, no daba para más. Márcio estaba sufriendo del nervio ciático y no tardó en revelar sus intenciones; nos mostró el piloto automático de su camión modelo 2015 y preguntó:

–          Vocês sabem dirigir?

La verdad es que ni Sol, ni yo sabemos manejar. Y no podíamos creer que aquel tipo nos ofreciera ponernos al volante de su camión minutos después de conocernos, para acostarse en la cama y aguantar aquel dolor. Lo dudamos, lo conversamos en voz baja, y acabamos por dejar pasar el ofrecimiento.

Márcio siguió manejando –y entre súplicas a dios para frenar el dolor– nos fue contando su historia. Hace 16 años que está en la ruta y nunca se ha tomado vacaciones. Hubo un tiempo en que recorría 3.000 kilómetros en tres días, manejando día y noche sin parar gracias a Revit, la droga que muchos camioneros usan para no dormir.

No llegamos a Goiânia. Tras ir dos veces al hospital y bancarse varias inyecciones que no paraban el dolor, nuestro conductor se rindió y esperó a que llegara un colega para manejar el camión y llevarlo de vuelta a casa. Entonces nos quedamos en otro posto del estado de Tocantins, en el medio de la nada.


***

Para en la ruta, abre la lona de su camión cargado y nos deja subir las bicicletas, las alforjas, el tambor y las mochilas. Nuestro ángel de la guardia se llama Edivaldo. Es un hombre sencillo, conversador, padre de tres y abuelo de una nieta que extraña bastante.

Edivaldo tiene una rutina eficiente. Se levanta antes de las cuatro de la mañana, va al baño, prende el camión y sale. Escucha un programa para camioneros hasta que sale el sol y para a desayunar. Entonces baja, abre la cocina del camión, calienta agua para el café, saca manteca, queso y fiambre de la heladera del camión y se come un refuerzo; lava todo, guarda todo y sigue. Manejará toda la mañana hasta el mediodía, cuando pare para cocinar el almuerzo. Comerá, lavará, guardará y se irá a sestear. Manejará toda la tarde hasta entrada la noche, cuando finalmente parará en un posto de camioneros, comerá algo y se irá a dormir. Habrá manejado, al menos, catorce horas.

–          Son cosas que un padre de familia vive.

Dirá otro camionero frente al accidente. Hay un camión como el nuestro todo roto al lado de la ruta, hay árboles quebrados, cientos de botellas de guaraná desparramadas y el cuerpo del conductor caído entre todo eso. La gente para para mirar. Unos pocos se acercan y le sacan fotos al muerto. Edivaldo dirá luego que se arrepiente, que es curioso pero que después de ver todo aquello le cuesta dormir.


Tres trabajadores de la ruta nos ayudaron a volver. Ahora está fresco y el mundo se parece un poco, solo un poco, más a casa. Vamos volviendo.

…escrito el 15 de julio de 2016

 

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