La vida mestiza

En nuestra última semana en Venezuela, viajamos por uno de los sitios más recomendados por los biciviajeros en Sudamérica. Bajo lluvia y sol disfrutamos la maravilla del paisaje de los tepuis y descansamos con la carpa junto al río bajo la luna llena. Pero es como dicen: la procesión va por dentro.

Allá va Sol. Mi enamorada pedalea su bicicleta naranja por la larga ruta de la Gran Sabana. Avanzo para alcanzarla y tomarnos un mate. Se suceden placeres mínimos: una galleta, otro mate, unos besos que nos salvan.

Adelante la ruta baja, gira y sube perdiéndose en el horizonte, como si fuera una cinta desplegada sobre la Tierra. El Parque Nacional Canaima -en la frontera entre Venezuela, Brasil y Guyana- nos recibe con su belleza antigua, melancólica y desoladora.

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El lugar es simplemente enorme. Numerosos ríos cortan los campos verdes sobre un fondo de montañas que esconden sus contornos extraños entre las nubes. La carretera casi vacía nos deja rodar en doble fila, charlando relajados bajo el sol hasta que vemos aquel anuncio cayendo del cielo.

No hay duda: lloverá. En temporada lluviosa no cabe esperar otra cosa, así que nos preparamos. Cubrimos nuestro equipaje con los plásticos que cargamos para la ocasión y seguimos pedaleando. Minutos después, ya resignado, me entretengo viendo cientos de gotas reventarse contra el pavimento vaporoso. Llueve a cántaros y no queda otra que seguir y empaparnos. Ya saldrá el arcoiris para cerrar el ciclo… y volver a abrirlo.

Viajar por un parque nacional en bicicleta es una experiencia única, a la vez maravillosa y abrumadora. Uno se maravilla ante el espectáculo de la naturaleza, pero también sufre y se jode con sus inclemencias. Es que no cabe pensar -como pregona cierto discurso posmoderno- que la natura es aquel paraíso prístino que nos acoge para mecernos en su vientre. La paz que ese relato inventa esconde la dimensión mestiza y salvaje de la naturaleza, su hospitalidad inhóspita, su vitalidad mortecina.

Sintiéndome chico ante el mundo, demasiado poco o casi nada, voy pensando. Todo es reflejo, pura mezcla y contradicción. Dentro mío -en aquel mundo que creo interior porque no puedo verlo- habita también lo salvaje. Y llamémosle así a aquel deseo informe de que llueva y truene, que todo caiga como en cascada y que se haga añicos la distancia, que se corte la maroma y no haya frenos en la bajada. Arrecia la lluvia y arde la fogata, así como brota el llanto y explota la rabia. En este paisaje máximo, mínimo yo, me pregunto: ¿me empapo o espero a que escampe?

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Uno también descansa, hay que decirlo. A la mañana ese embrollo ya no suena, no grita ni clama; la vida entonces es más sencilla: a uno le urge salir al baño. Salgo pues, pero orinar no es changa. Una nube de “puri-puris” me ataca en pleno acto y quedo indefenso. Termino como puedo y me zambullo dentro de la carpa; la plaga de jejenes me dejó todo picado. Me palpo y cuento -para muestra un botón- tres picadas en la nalga izquierda.

¡Qué invento el fuego! ¡Que suerte que el humo espante a los puri-puris! Ah, ahora sí, desayunar con la mujer que uno quiere: compartir el café, el primer sol, un baño en el río y unos chapatis a la brasa. Armar las bicis para volver a salir y encontrar la sabana tan radiante, nublada, vacía e inmensa como el día anterior. Sus cascadas, sus tepuies, sus piedras tan preciosas como codiciadas.

Este viaje es hoy un preludio del regreso. Volvemos a casa, con nuestra velocidad de tortugas, sintiendo que el tiempo pasa más allá. Damos gracias por la fortuna de viajar tanto como añoramos el hogar. El cielo llueve y luego escampa, la ruta sube y después baja, nada es uno y lo mismo, la vida es bella porque es mestiza.

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Un pensamiento en “La vida mestiza

  1. Hermosa la gran sábana!! Tuvimos la suerte de recorrerla en bici.
    Los puri puri!!!! Son sin duda el mal que equilibra tanta belleza!

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